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Hasta donde los pies me lleven

Existe una noción asociada a la metáfora del avanzar: siempre es hacia adelante, siempre es más lejos.
Pasarse la vida corriendo parece ser tan normal, que lo de llegar lejos cobra más fuerza, mas no necesariamente valor.
Es cierto: puedo llegar hasta donde mis pies me lleven. No más, no menos. Pero caminar más no siempre es avanzar, ni estar adelante siempre es lo mejor.
Por mi, nunca dejar de caminar. Hacia donde me sienta cómoda, nada más.
Y le sigo pidiendo cosas a dios: hoy es que estos pies sanos y estas piernas fuertes siempre me acompañen.

¿Le has pedido algo a dios?

Yo sí. Ahora. El año pasado también. Muchas veces. A la luna, otra vez.  Parece que no me escucha. De repente le estoy pidiendo algo incorrecto. Pero seguiré intentándolo. Quizás desde acá, más al sur, me escuche más.

Lo peor que podría pasar

¿Te imaginas que un día te das cuenta de que no importa cuánto te muevas ni cuán lejos llegues, ningún lugar ni ninguna cosa será tuya?

nowhere man from Grigory  Geometr on Vimeo.

Hubo una vez (y varias más)

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Tuve un pololo que siempre me hizo sentir disminuida intelectualmente. Hablaba de libros rebuscados como si todos tuvieran que saber a qué se refería y no perdía oportunidad de decir cuán tontos le parecían todos los demás. Ah, también se comía las empanadas con tenedor y cuchillo.

Aún así, no culpo al patriarcado. No de esto, o al menos no completamente. Culpo al inconsciente. A ese que nos lleva por donde no queremos, sin darnos cuenta. A ese que nos hace decidir por aquello que representa la repetición, a eso que nos hace desear lo que no entendemos.

En su defensa, leí mucho en ese tiempo. Leer era la manera de protegerme ante la amenaza constante de que descubriera que, en el fondo, soy una mina más, intentando tener una relación más, tratando de no ser como nadie más. Y eso me hizo menos, mucho menos.

Las invito a parar un poco y hablar en serio.
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Temuco, 1° de marzo de 2018
Desde ayer ando rumiando estas ideas en mi cabeza, pero siempre encuentro una forma de hacerle el quite a escribir. Tantas cosas importantes que me han pasado de las que no tengo registro. El 16 de enero supe que me vendría a vivir a Temuco a trabajar y no he escrito ninguna sola línea para mi al respecto. Es más fácil escribir por chat, ¿cierto? ¿Me pasará tan solo a mi? ¿O será un mal millennial?
Ha sido tal el ajetreo de estos días que, además de estar muy cansada, tengo miedo de lo que pase cuando pase. ¿Qué pasará cuando pase? No lo sé. Sí sé que cuando estoy en estos períodos de cambio -a los que la mayoría de las veces me meto voluntariamente- agarro vuelo y una parte de mi quisiera que esa inercia no pasara nunca. Escribir es hacer un alto en esa inercia. Es, tal vez, ponerle un paréntesis, lo que podría implicar que el rumbo de las cosas cambie. Por las decisiones. Siempre el pánico a las decisiones.
– ¿Cuándo decidí venirme? Mentiría si dijera que só…

Todos hablan de lo que se pierde con el tiempo en el amor

Pero nadie cuenta qué es lo que se gana.


Yo quiero saber.