miércoles

Soñé...

...que me hacía amiga de unos vecinos viejitos, muy viejitos. Entraba a su departamento, acá en la villa, y tenían un montón de objetos bacanes, lentes de sol, baúles, ropa, cuadros... y me mostraban todo con detalles, con su historia. Habían unos lentes que habían sido de algún músico famoso, y una parte de mi quería robarlos para mi pololo. Después me mostraba el departamento, que por fuera era igual al mío, pero que en realidad era gigante y tenía una piscina con palmeras y playa artificial en lo que debería haber sido el "patio", pero en realidad era techada y separada del jardín de los vecinos con una reja mula, típica de población. En la casa de al lado habían unos niños, que se pasaban al patio de mis amigos vecinos para bañarse en la piscina. Nosotros los mirábamos desde el ventanal, con cierto paternalismo viendo como disfrutaban del agua. Ahora viene la parte curiosa: a uno de los niños, que era una guagua en pañales, se le salió el pañal dejando toda la piscina con caca. Fin del sueño. ¿Qué significarán los mensajes escatológicos de mi subconsciente?

2012

Llegó el 2012 y no lo sentí. No hice cuentas, revisiones ni resúmenes del año que se fue, a pesar de que creo en los ritos como una forma de superar etapas y de plantearse nuevas perspectivas. No metas, puesto que últimamente me estoy convenciendo (con lo doloroso que es) que las metas no son lo mío. Como leí en un blog por ahí, mi vida se ha ido armando de circunstancias más que de decisiones, de reacciones más que de planificaciones. ¿Expectativas? muchas. No puedo dejar de ser optimista ni de pensar que en algún momento podré dejar de vivir bajo la disyuntiva tiempo-plata. Viajes, también, cómo no desearlo. ¿Terminar la U? ahí cago, nada puedo hacer para evitar los dos años que me quedan y al fin poder gritarle al mundo que soy (seré) periodista. Sin embargo, me conformaría con poder sentir que mi conciencia fluye en armonía con mis acciones, esa es mi meta de este año.

martes


Así quedé el fin de semana. Aún no se me pasa.

lunes

Espera





Trabajaba por esos días como obrera de una tienda de retail. Mi primer verano en Santiago, mi primer mes en el Sindicato de Astronautas, el mes en que leí mi primer libro de Benedetti. Los días eran pesadamente iguales, con un tono arenoso, áspero, aturdido.

Recuerdo sentir claramente como la rutina me volvía a pedazos más amarga. Ser amargo es un estado que fluctúa, momentos en la vida que son alimentados por sucesivas situaciones donde el mundo te menoscaba, te veja. La violencia se ejerce cotidianamente, de una manera que difícilmente podemos controlar o evadir.

Tomar la micro, la Alameda por las mañanas, el aire acondicionado, sentarme a esperar, esperar, esperar. La sensación que guardo de ese tiempo es la conciencia de haberme pasado la vida esperando: esperando la micro, esperando no llegar tarde, esperando que llegue la gente, esperando que sea la hora de almuerzo, esperando que sean las 8 y salir. Salir a esperar que no sean pronto las 9, esperar que esa pega pase pronto y luego venga otra, y otra, y otra. Sin disfrutarla, sin emocionarse, estática, para ti y para las personas que te empiezas a encontrar todos los días, a la misma hora, en el mismo paradero.

La deshumanización del quehacer es lo que nos define hoy en día como sociedad. Una sociedad fracasada, por cierto. Probablemente he dicho esto muchas veces, un par quizás acá en este blog: la vida para mi no es mucho más que el sentido de lo cotidiano. El impulso que nos lleva a apoderarnos y modificar el mundo, nuestro entorno. Pero el ciclo obligatorio de la rutina no tiene relación directa con nuestras necesidades humanas, con nuestra necesidad de comprender las cosas, cómo se hacen, cómo funcionan, como funcionamos. Y no poh. No me quiero pasar la vida esperando.


lunes

La suma de todas las personas con las que he estado,
menos la constante de mi familia,
siempre me hacen igual a mi madre.

sábado

Social Media Day

Hace un par de semanas se celebró el día de las redes sociales. “Porque las redes sociales nos han cambiado la vida” –o algo parecido- rezaba el slogan de un evento gratuito que se haría en el barrio bellavista, transmitido por internet para el mundo. En twitter, mucha gente se estaba sumando a una convocatoria que ya había sido cerrada hace un par de días, por la capacidad del lugar del evento. Era tan fácil como llegar e inscribirse. Todo muy democrático, fácil y bonito.
No estuve convencida de ir, hasta que un amigo no nativo de las redes sociales, pero sí muy ñoño, me dijo que fuéramos. Si la convocatoria alcanzaba hasta más allá de los habitué de este tipo de eventos, debe ser algo interesante, fue mi conclusión. Luego vi la entrevista que el organizador (Juan Pablo algo, no recuerdo) dio en CNN Chile, y terminé de convencerme. Parecía ser un espacio genuino de encuentro entre personas que viven mediadas por la tecnología y la conectividad. Sin responder necesariamente a ese perfil, me pareció interesante. Además, para entrar, había que llevar un desecho tecnológico, como una forma de concientizarnos sobre nuestra huella de carbono –o algo así-. A esas alturas, ya quería ir, aunque todavía no tenía claro si era un carrete, una charla, o algún otro formato ideado por algún emprendedor y desconocido por mí.
Luego de un par de gestiones no muy formales, figuraba con mi novio y unos amigos dentro de la ex OZ cuando aún no comenzaba el asunto. Entre conversa y conversa, iban apareciendo los invitados estelares, mucho más amigables por twitter que en la vida real.
La cosa se empezó a poner cuática cuando entendí que de conferencia, encuentro o experiencia interesante el evento no tenía mucho. Las constantes referencias a los auspiciadores, el copete caro, y los auspiciadores de nuevo –ad infinitum- me hicieron sentir como voluntariamente encerrada en una especie de pecera, para ser parte de un experimento donde a los objetos de estudio los bombardean con estímulos publicitarios. Las gentes, la mayoría con smarth phones, era instada cada 1 minuto a twittear con hashtags relativos a marcas, con la posibilidad de ganarse jugosos premios. Modelos disfrazados, empleados por VTR, y unas conejitas playboy de la misma procedencia –aunque con mucho más estuco- me tenían pensando cada 3 segundos ¡¿qué mierda hago acá?!.
La sensación se volvía psicótica, cuando leía los tuits que mostraba una pantalla gigante, donde todos parecían estarlo pasando la raja. Porque para el resto del mundo en twitter, los que no estaban ni ahí y los que se quedaron con las ganas de entrar, el evento estaba que ardía. Pero la verdad es que una mirada alrededor bastaba para darse cuenta de que no, estaban todos sentados tuiteando, no conversando ni pasándola la raja. Porque yo lo paso bien sola sentada en el computador, pero escribiendo, viendo por la puta o escuchando música, pero no hablando por twitter con gente que está ahí, al lado mío.
Más importante que haber caído –ingenuamente- en la falacia de creer que de verdad allí podría encontrarme con alguien que me simpatizara de twitter, y conversar con él o ella, me sorprende la condescendencia del tuitero con sus auspiciadores o con todo lo que parezca hegemónico. Con estar de acuerdo a priori de ser utilizados como una forma de publicidad gratis para las empresas, y que eso, además, sea símbolo de estatus. Esos mismos que, en ataque de choreza, putean y trollean por internet, pero que si les ofrecen unas migajas, son capaces de hacer parecer un evento fome, penca y aspiracional como una gran, productiva e inspiradora experiencia. Dicen que la tecnología ha cambiado nuestras vidas, pero yo sigo viendo la misma hipocresía y doble estándar que han sido siempre parte de nuestra idiosincrasia.